jueves, 8 de octubre de 2015

Esclavo

El mago les había engañado. Esta sencilla noción ocupaba la mitad de los pensamientos de Lysek y la otra mitad estaba dedicada a maquinar deliciosas formas de venganza.

Era el tercer invierno del tiempo del Ciervo Rojo, Lysek era el campeón de su clan, dos veces vencedor de la Gran Cacería y portador de más tatuajes de honor que nadie salvo los sabios de la tribu. Su vida era buena y sus esposas le habían dado ya seis hijos, de los que esperaba que alguno llegará a pasar las pruebas y ser un adulto.

Entonces llegó él. Un hombre del sur, de piel clara y largos miembros no, portaba armas y sin embargo había atravesado el bosque de Hlawt donde tantos guerreros perecían durante las Grandes Cacerías. Se presentó como Walser de Nut y les conto a los sabios ancianos una historia acerca de una búsqueda y un viaje.

Aquella noche se le ofreció hospitalidad según las leyes del clan, y el llamado Walser complació a los presentes con extrañas historias sobre las tierras de las que procedía, y sin embargó no reveló ningún detalle personal acerca de su vida o sus actos. Lysek sospechó que aquel hombre ocultaba algo desde el primer momento en que le vio pero ¿Quién era él para contradecir las decisiones de los sabios?.

Walser aun estuvo durante una luna entera disfrutando de la hospitalidad del clan, a veces partiendo hacia el norte vacío y volviendo cuando todos le creían muerto. Un hombre no puede hacer eso, el norte está vacío y solo el hielo y los muertos-que-no-están-muertos pertenecen a aquel lugar maldito. Y así fue que un día el hombre del sur volvió arrastrándose, sus ropas destrozadas, un ojo perdido y cargando algo envuelto en una pesada tela. Pero no vino solo, pues traía el mal pisándole los talones.

Del cruento combate contra los muertos Lysek recuerda como los hombres del clan iban muriendo uno a uno, cómo las zarpas muertas de aquellas criaturas buscaban el cuello y las entrañas de los vivos y a pesar de luchar como auténticos diablos el destino del clan y de la tribu entera terminaría aquel día. Pero no así para su campeón, para el dos veces vencedor de la Gran Cacería. Resignado a su suerte, con el cuerpo cubierto de heridas y cada vez con menos fuerzas para blandir su espada, miró a la muerte a la cara y se preparó para ser abatido. En ese momento un torrente de fuego y relámpagos calcinó al grupo de criaturas que le rodeaba.

Walser, el hombre del sur, el viajero, el que había conocido la hospitalidad del clan, era un mago, una aberración que debía ser destruida. Pero antes que Lysek lo ensartara, el mago descubrió el objeto que acarreaba consigo desde el vacío norte, un objeto que reflejó la imagen de Lysek y lo atrapó para siempre entre las carcajadas del mago.

Ahora lucha en las guerras de Walser, a sabiendas que su gente fue aniquilada. Pero algún día, y de esto Lysek está seguro, el poder del mago flaqueará sobre su voluntad, y entonces el bárbaro norteño planea vengarse con toda la furia de un enjambre de dragones. Mientras tanto espera, pacientemente, dejando que la presa se crea el cazador.


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